Artículo en Egin (abril 1990)

Pablo cabeza escribía esta reseña/artículo en torno a la segunda actuación de Cancer Moon, con Los Bichos como acompañantes de cartel, que tuvo lugar en el mercado de Orduña en abril de 1990…

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El duro trabajo de dar vida al ocio en un ambiente rural

Otra pareja endiablada, Cancer Moon y Los Bichos

El sábado pasado se celebró en Urduña un festival con Cancer Moon y Los Bichos. El encuentro musical pudo ser uno más dentro de los numerosos actos del fin de semana, pero unas cuantas circunstancias le dieron un tono especial.

Urduña es un pueblo que raramente realiza conciertos fuera de sus fiestas patronales, justamente el próximo mes. Su existencia se escora tanto hacia uno de los ángulos de Araba como de Bizkaia, viendo, posiblemente por tal motivo, que sus calles no son tránsito de corrientes ni de influencias exteriores: es así, por tanto, que una cierta quietud recorre los días y las noches de la ciudad; al menos ésa es la impresión que recoge un visitante que cruza sus pasos decenas de veces, que juega a tres en raya en la plaza mientras la atraviesa una y otra vez en busca de los mismos bares que dejara en la ronda anterior.

También es cierto que en un buen día, a una hora adecuada, y en fin de semana, decenas de montañeros, domingueros y excursionistas motean calles y caminos, rellenan sus mochilas o calientan su cuerpo con un café caliente, tras, o ante, la brega por la sierra de Orduña. Y es que el entorno natural de Urduña es sugerente, atractivo, a pesar de que se le ha tratado con crueldad.

En cualquier caso y especialmente para los jóvenes lugareños, mucho nos tememos que ni el entorno ni los visitantes de buen tiempo son aliciente sobrados para engrasar su tiempo de ocio. Saca uno la conclusión, al par de horas de visita, que es hermoso el lugar, que se respira intenso, que las calles destilan historia, que hay olor a madera quemada… pero que el tiempo se alarga, que la noche se estira, que rendir vida al ocio, a las inquietudes, debe de ser excesivamente duro. Darse unas vueltas por el pueblo, en realidad por la mayoría de los entornos rurales, es comprobar las escasas posibilidades de recrear un día festivo.

La isla de un festival, por pobre o peregrino que pueda parecer, es una aventura que viene a romper el tedio, la inactividad. El concierto, con su duración real, con el tiempo de planes, con las expectativas que genera, con la responsabilidad que acarrea, sirve para crear ocio constructivo, participación de la gente, riqueza, entretenimiento. Algo evidente y que resulta todavía una cima demasiado elevada para la mayoría de los dirigentes de los municipios de este país. El hecho debe de ser tan evidente que por esa misma razón se escapa al entendimiento de alcaldes, ediles y otras formas de poder. No quedando otro remedio, para la juventud, que continuar la pelea en busca de una mota de presente, de actualidad. El justo intento por situarse en 1990. Todo ello bajo el respeto al pasado, la tradición, las costumbres y todo aquello que sirva para fortalecer nuestra raíz.

Es posible que casi nadie en el pueblo valore, injustamente, el esfuerzo de quienes organizaron el concierto de Cancer Moon y Los Bichos, o acaso el que se celebró a 50 ó a 70 km., cualquier otro lugar podría servirnos de ejemplo, pero lo cierto es que la fiesta vivida entre la cúpula del Mercado resultó positiva, gratificante, puro presente visceral y ocio enriquecido para quienes supieron disfrutar del hechizo de dos de las bandas más incitantes y exportables del país. No fue, desde luego, un concierto para amantes de Olé Olé ni para curiosos carentes de los estratos necesarios para comprender la música rok contemporánea. Para estos últimos el sonido de las dos formaciones sería sólo ruido, no ruido como concepto, sino ruido como tal. Cuestión de educación o del vacío impresionante que existe entre el tiempo de dos generaciones.

Los Bichos/Cancer Moon

Sobre el escenario del Mercado se asentaron dos bandas ligadas por la inteligencia de sus planteamientos. Esquemas que no son innovadores, pero que sí son novedosos y vanguardistas para el nivel medio. Los Bichos parecen trazar canciones sin trama. Ausencia de estructura, de orden o pauta. Pero el esqueleto existe, la intención también. El guión, con apariencia invisible, se cumple; el ritmo colorea el fondo, las dos guitarras se cruzan, se oponen, se escupen, se rechazan y se unen en el punto idóneo. Y entre el bosque de cuerdas quejosas, la voz de Josetxo deslizándose entre inflexiones, descaro y dominio del medio. De su guitarra parece no brotar una nota precisa, sus manos se mueven, raspan y acarician con anarquía visual, con destartalamiento gestual. El caos entre sus manos, parece; pero es sólo la genialidad. En el otro extremo Txarly adorna, matiza y contrapone la sonoridad. Es un sonido amable, es la ribera melódica, el lado de la seda. La historia, en conjunto, que hace a Los Bichos la banda más original del momento.

Cancer Moon realizaron en Urduña su segunda actuación en público. Largas experiencias en anteriores bandas, pero un nuevo y audaz proyecto bajo las capas de estos románticos becquerianos. Es posible que aún pasen las horas que faltan de escena, es posible que Cancer Moon se encuentren todavía removiendo sus cimientos, es posible que la candidez interior les muestre tímidos… Puede, pero lo mismo resulta que esos y otros “posibles” son justamente su esencia, su marca.

Josetxo, voz, borracho de pasión, ahogado en la sangre de sus propias venas. Es una nube blanca y negra recorriendo la tierra, aquí resol, allá tormenta eléctrica. Desde abajo no se le puede perder de vista. Voz y guitarra son, casi siempre, las armas que cristalizan un estilo, al menos en el rok, y en este caso la historia no es diferente. Jon, desde su recodo, se centra en el sonido de sus cuerdas. Tal y como el “pequeño saltamontes”, él y su guitarra forman un único cuerpo, foco de aventuras, de desenlaces químicos. Ha logrado un sonido, una expresividad propia, sólo resta que el tiempo se entretenga aún más con la experiencia, con las posibilidades. El quinteto está llamando la atención, creando una secta “Moon” doblegada ante la hipnosis de la belleza y el veneno.

Los Bichos sorprenden con la versión de “Spoonful”, de S.B. Williamson y “Llamando a las puertas del cielo”. Cancer Moon con “The Jean Genie” o el “I need somebody” del compacto. Lo justo para hacer más entretenido el juego. Juego que concluye en la madrugada, con la ultima espectadora perdida en su mirada, reflexiva tras sus gafas, sus pantalones verdes, su chaqueta vaquera, su jersey verde-marrón, un rubio y el último trago. Concluyó la madurez salvaje de Cancer Moon y Los Bichos, otra pareja a añadir al binomio La Secta-La Perrera.

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